Bizcocho o suflé
8 de marzo de 2010
Radio suflé o radio bizcocho. Dos maneras de servir una producción.
Cuando uno sube la regleta del micro en mitad de un directo la adrenalina diluye objetivos en los que sí nos podemos centrar en la soledad de un estudio de grabación, donde sabemos que ningún sonido va a salir de la sala a menos que sea meticulosamente tratado y grabado en una pista de audio que nosotros le hayamos asignado.
Cuando hacemos un directo, por muy ensayado que tengamos el guion, somos conscientes de que existe un riesgo de que sucedan cosas que escapen a nuestro control. Se nos puede trabar la lengua, puede fallar la reproducción de la canción y hasta se nos puede olvidar qué tenemos que decir.
Pero pase lo que pase, no hay vuelta atrás: antes de que hayamos caído en la cuenta de lo que hemos dicho, la locución ya habrá salido de las antenas. El directo es así.
Sin embargo, en la producción de un estudio, donde todo lo que hacemos va dirigido hacia algún dispositivo de almacenamiento, las cosas son distintas. A menos que decidamos lo contrario, se pueden hacer todos los cambios pertinentes, se pueden repetir las cosas todas las veces que queramos e incluso podemos maquillar la voz si nos parece oportuno.
La grabación de un contenido en un estudio es como un ensayo de laboratorio, donde las cosas pueden fallar una y otra vez hasta su definitiva masterización.
Sin embargo, es curioso que incluso en grabación, teniendo la oportunidad de rectificar las cosas cuanto sea necesario, podemos cometer errores que no vemos hasta el momento en que ese contenido enlatado es emitido o mostrado a nuestro público final.
¿Quién no hubiera rectificado algunas palabras de sus grabaciones al escucharlo una vez más?
Lo más interesante es que son errores muy parecidos a los que cometemos cuando hacemos el directo, solo que éstos son mucho más frustrantes, porque sabemos que podíamos haberlos evitado. Nos maldecimos por no haber prestado atención y esto nos hace dudar de nuestra profesionalidad.
En realidad, puede que hayamos prestado toda la atención del mundo y nos hayamos esforzado mucho en postproducción para buscarle todos los fallos posibles antes de que el oyente los encuentre.
Sin embargo, a veces el oído nos juega malas pasadas porque “se acostumbra” al timbre de voz, a la presión sonora de los auriculares y, de tanto escucharlo, termina afectando a nuestra retentiva auditiva. Hasta el punto de que muchas características de la grabación que deberían ser tomadas como errores o puntos a tener en cuenta se convierten en algo normal, como elementos que ya forman parte del paisaje sonoro y que se mimetizan en la grabación.
Lo que sucede es que cuando lo escuchamos posteriormente ya en emisión o en una megafonía, nuestra mente se encuentra en un estado distinto a cuando lo grabó. Han pasado unas horas o unos días y lo percibe de un modo distinto. Ya no se acuerda de todos los detalles y tiene que volver a reconocer de nuevo cada giro vocal, cada palabra, cada sonido, reordenando de nuevo el paisaje sonoro por el que tanto habíamos pasado una y otra vez.
Al volver a revisarlo, sin saberlo, volvemos a juzgar cada uno de sus elementos por separado, identificando nuevos fallos que antes habíamos pasado por alto.
Por otra parte está el problema de la calidad de sonido. La fidelidad de nuestras herramientas de trabajo es tal que acabamos obsesionados con cada mínimo sonido en la grabación, mitigando sin querer la atención que merece el contenido, la lectura, la manera de decir las cosas.
Terminada la grabación y cerciorados de que no existen errores técnicos, solo queda esperar, para no emitir un juicio precipitado. Debemos hacer otras cosas, escuchar otros audios e incluso salir del estudio para que el oído se desacostumbre a la acústica bajo la que hemos estado trabajando durante las últimas horas.
Cuanto más tiempo pase, mejor. Después de unas horas, incluso unos días, comprobaremos que escuchamos la grabación de otra manera, como si la producción perteneciese a otra persona, aunque reconozcamos elementos propios en ella. Y empezamos a escucharla con más objetividad, dándole el justo peso a cada sensación que nos aporta, prestando atención a todo por igual, pudiendo juzgar globalmente, como lo haría cualquier otro oyente.
Apenas son necesarios unos segundos para saber si una audición suena bien, sin embargo, hay que dejar pasar mucho más tiempo para saber si está bien hecha. Dan igual unos buenos monitores, unos auriculares o el equipo: no hay nada como dejar pasar unos días.
A veces incluso grabaciones de años atrás suenan de manera distinta y se consiguen “ver” cosas en las que antes no habíamos reparado.
Si no disponemos de mucho tiempo hay otros modos caseros de engañar a nuestra mente para que preste atención de una manera más objetiva y le cueste reconocer la misma grabación después de haberla escuchado muchas veces.
Se trata de darle una acústica diferente a la grabación, por ejemplo escuchándola en la autorradio del coche. Podemos grabar la producción en un CD y, como si se tratase del último álbum de Madonna, dar una vuelta conduciendo por la periferia de la ciudad escuchando el resultado. Seguro que las cosas cambian.
Otro modo mucho más creativo es modulando la grabación a través de un emisor de AM y escucharlo a través de un pequeño receptor, como hacían nuestros abuelos con sus programas de radio favoritos. Parece algo estrambótico, pero la inherente mala calidad de sonido en onda media permite que dejemos de prestar atención a las nimiedades del sonido para centrarnos en el contenido, en la envoltura, en la calidad de la locución.
Nuestra mente reconocerá parcialmente la grabación, prestando de nuevo atención al modo de locutar el mensaje, la entonación, las pausas… dándonos la oportunidad de volver a escuchar el resultado con una objetividad que solo podríamos obtener dejando pasar muchos años o siendo otra persona.
Bizcocho o suflé
Este aspecto de la radio tiene un cierto parecido con la repostería.
El directo es como un suflé: que debe ser servido nada más salir del horno, humeando, caliente, sin tiempo que perder.
En cambio, cuando se trata de una grabación, lo mismo que con una tarta o un bizcocho, hay que dejarla reposar nada más sacarla del horno, dejar que se enfríe antes de ser consumida.
Puede que así descubramos algo exquisito en nuestras creaciones sonoras.
Bizcocho o suflé. Tú mismo.