El monstruo por dentro

15 de septiembre de 2011

Recuerdo que mi primer micrófono fue un altavoz invertido. A los seis años descubrí que los altavoces y los micrófonos eran muy parecidos en estructura y que podían hacer su función a la inversa con resultados sorprendentes, si se escogía el modelo adecuado.

A partir de ahí me he pasado toda la vida comprando material de audio, cada vez más caro, más fiable, de más calidad. Después he trabajado en la radio, esperando siempre más y más de la infraestructura para emitir en FM. Paso a paso he ido descubriendo módulos más sofisticados, procesadores de audio más completos, auriculares que ofrecían un sonido inmejorable.

Con los años de experiencia fue creciendo en mí la voracidad recopiladora de datos en busca del equipo más grande, más perfecto, más caro que pudiera existir en el mundo de la radio. Me pregunté qué tendrían las grandes cadenas de radio, esas empresas sin horizonte económico palpable que nunca han escatimado en presupuestos para montar sus dantescas estructuras de transmisión.

Expectativas desbordadas

No hace mucho se me ofreció la oportunidad de ir a visitar los estudios de una cadena de radio a nivel nacional, quizá los mejores del país. El monstruo por dentro.

Estuve una semana sin dormir solo de pensar en lo que me podría encontrar, las ideas que podría obtener para aplicarlas luego a mi estudio, a mis producciones. Aunque me hacía una idea del material que estarían usando por las fotografías y testimonios de otras personas, nunca es comparable a la experiencia de verlo, tocarlo, vivirlo.

Me imaginé todo el catálogo de audio que tenía en la cabeza expuesto allí, instalado, conectado, con todas sus luces encendidas y con un técnico las veinticuatro horas del día velando por su integridad. Pensé que habría módulos instalados con funciones inimaginables. Soñaba despierto con un mundo de habitaciones todas repletas de aparatos con infinidad de configuraciones y sobre todo grandes, muy grandes. Racks de dos metros de altura por todas partes.

Nada comparable a las emisoras locales en las que todos hemos trabajado, donde las cosas se hacen con lo que hay, con lo que se puede, siempre justos de recursos. Allí debía haber cosas que uno no hubiera podido ni imaginar, tecnologías que aún no habíamos visto, lo último de lo último, lo más impresionante para hacer radio a niveles monstruosos.

El recorrido

Cuando llegamos a los estudios nos dijeron que estaban en obras, cosa que me tomé a bien, porque así podría ver cómo estaban hechos por dentro, cómo se construían… El monstruo por dentro.

Sin quererlo nos habíamos convertido en los privilegiados que visitarían los nuevos estudios antes de ser inaugurados.

Al entrar, todo parecía más pequeño que en las fotografías, más que en nuestra imaginación. Pero era solo a simple vista. El angosto pasillo por el que accedíamos nos mintió respecto a la relación de dimensiones con el total de un edificio laberíntico que abría una y otra puerta sobre kilómetros interminables de moqueta, que daba acceso a todos los estudios, redacciones y oficinas.

Aquello no tenía fin. Había una habitación para cada cosa, para cada función, para cada profesional de la radio.

El director técnico nos mostró en primer lugar el área de periodismo puro, donde los redactores trabajaban a destajo en las últimas noticias, con pantallas por todas partes donde se podían ver todos los canales de noticias. Eran un hervidero de actualidad que pugnaba por el “ahora”. Un ejército de soldados adrenalinicos, fáciles de gatillo y dispuestos a iniciar la guerra de la información si era por una verdad.

Se respiraba la tensión, la concentración. Al margen de que nuestra parte interesada fueran los estudios en sí, reconozco una cierta complacencia al ver esa otra parte de profesionales, porque nuestro guía fue explicándonos paso a paso los detalles de cada departamento, lo que nos hacía comprender el funcionamiento de la empresa y en consecuencia las cosas que sucedían en el directo.

Los estudios

Por fin vino el área de silencio y allí, abriendo infinitas puertas, continuando con la moqueta, empezaron a aparecer los estudios, de manera contigua, pared con pared. El director técnico nos explicaba la función de cada uno, para qué servían, cómo los utilizaban.

Estoy seguro de que no todo el mundo hubiera sabido apreciar la belleza de estar allí, pero quienes habíamos hecho la visita, acreditados con nuestra tarjeta en calidad de invitados, estábamos viviendo una auténtica experiencia mística, como quien visita la meca de su religión.

Pasamos por las habitaciones de técnica donde se concentraban cientos de kilómetros de cables y esas abrazaderas por donde viajaban perfectamente peinadas las líneas telefónicas, el audio de los canales, los coaxiales de vía satélite, luces y relámpagos recauchutados…

Por fin pasamos a la zona de silencio, donde estaban los estudios, donde se abrían los micrófonos para decir “hola” a unos cuantos millones de oyentes, donde se cocía el directo que todos escuchamos día a día.

Y no tenía desperdicio. Todo nuevo, algunos de esos estudios todavía con los plásticos de fábrica y ese hedor manufacturado a plástico sublimado. Ese olor efímero que sentimos solo después de haber gastado una suma importante de dinero, al abrir la caja de nuestro nuevo módulo de radio.

El edificio entero estaba optimizado para la emisión en cualquier circunstancia. Había un plan B para todo y de todo había un par de repuestos. Era un búnker donde todo podía fallar, menos dejar de emitir la señal de la emisora.

Nos mostraron más de cuarenta estudios de radio perfectamente insonorizados y equipados con lo último. Sin embargo, yo buscaba en cada puerta los módulos secretos, eso que diferenciaba al gran Goliat de las conocidas emisoras comarcales donde trabajábamos.

Fui memorizando cada una de esas habitaciones, para analizarlo después.

El corazón del sistema

Por último nos enseñaron la matriz, el alma de la radio, el oscilador en sí, donde se obra la magia y el audio se convierte en una excitación de frecuencia modulada.

Y detrás, el aparatito que manda la señal a 35.000 kilómetros de altura para caer sobre todas y cada una de las emisoras del territorio nacional.

Esa sensación de estar en el corazón de la radio, la idea de que si tropezabas con un cable podías dejar sin señal a unos cuantos millones de oyentes…

Esa fragilidad, esa inaccesibilidad… sublimaba el erotismo de la electrónica, haciéndonos pensar que ese día habíamos desnudado por completo a nuestra eterna novia que por tantos años nos sedujo.

Al entrar en esa última habitación muchos de nosotros tuvimos la sensación de haber culminado uno de los hitos de nuestra experiencia profesional. Después de entrar en esa habitación, a nivel técnico ya no quedaba nada más que ver. Ya sabíamos cómo jugaban las grandes ligas.

Las sorpresas

En general nos llevamos alguna que otra pequeña sorpresa, como el hecho de que los TCM se sincronizaban aún con un ordenador de los años 80, con una pantalla en blanco y negro y un procesador mediocre.

El director nos comentó que no lo habían cambiado porque iba realmente bien; que habían hecho pruebas con otros sistemas, pero ninguno tan estable y fiable como el que empezó a funcionar veinte años atrás. Y mientras funcionase no dejarían de usarlo.

Esto reforzaba aún más mi idea de que los sistemas de Windows resultaban un juguete al lado de la demanda informática que caracterizaba a la radio.

A la vuelta, camino de la salida, pudimos ver los estudios centrales que estaban aún por hacer. Pudimos comprobar cómo eran las capas más invisibles de una infraestructura que habíamos venerado siempre.

El director nos explicó paso a paso cómo se estaban haciendo los estudios centrales, el famoso estudio de 100 metros cuadrados donde solo hay una mesa y un piano de cola.

No me olvidaré de la visita a los estudios McCartney, hechos completamente en cristal, con vistas a la ciudad, desde donde se hacía el directo de los 40 Principales. Era tocar el cielo con todos sus mitos y realidades. Dudo que San Pedro haya visto esto.

La conclusión

Cierto era que al salir portaba conmigo un puñado de buenas ideas que me ayudarían a mejorar el estudio, pero seguía preguntándome dónde estaban todos esos aparatos que no conocía, esas maravillas de la tecnología inalcanzables para mí, el misterio de una radio a nivel nacional.

Me quedé sorprendido cuando entramos en esos nuevos estudios con los plásticos de fábrica y su olor característico. Nos dijeron que era lo último, lo mejor que ASPA podía ofrecer, los modelos más avanzados de su catálogo, lo más inaccesible para nosotros los pequeños.

Y todo lo que vi fue una consola con unos pocos canales, una pantalla de ordenador, un Sennheiser 441, nuestro mismo modelo de RDSI y un Bodet.

El resto del estudio era mobiliario lacado, moqueta, paneles de insonorización, peceras y puertas con ventanuco. No había nada más en el estudio.

Sí, he de admitirlo: las consolas de radio eran digitales, se podía programar cualquier canal en cada uno de los potenciómetros, las luces tenían un brillo especial, pero seguía siendo una consola de radio normal y corriente, con la misma estructura que las analógicas de veinte años atrás.

Fui a los estudios más grandes del país y todo lo que encontré fue un micro, una consola y un excitador, exactamente lo mismo que usé para mi emisora de barrio cuando era pequeño, pero con la tecnología de ahora.

En esa visita aprendí algo muy importante: para hacer radio de verdad al final lo único que se necesita es un micrófono, un modulador y nuestro talento. Todo lo demás es accesorio.

No hacen falta grandes infraestructuras ni lo más caro del catálogo: la calidad de la radio la hacen los profesionales y todo lo demás está de más.

Las grandes cadenas han tenido su oportunidad y han escogido igualmente lo más sencillo, algo bueno, pero sencillo. Con todos los adelantos de hoy en día, la radio es un campo muy atractivo de experimentación para los nuevos métodos.

Le aplicamos codificadores distintos, emitimos por Internet, usamos pantallas táctiles y podríamos pasarnos toda la vida metiendo en el estudio nuevos artefactos para implementar el sonido, pero se nos olvida que la radio en sí es solo un micrófono y un modulador.

Todo lo demás tiene otro nombre, se parecerá a nuestra profesión, pero no es la radio.