Hemingwrite, por fin alguien ha pensado en los escritores

29 de mayo de 2015

Sobre el propio acto de escribir

En todos los blogs dedicados a la escritura se habla de los innumerables aspectos a tener en cuenta cuando abordamos el papel en blanco. Se habla de la inspiración, de la evolución del personaje, de la trama, de las publicaciones, las editoriales, la remota posibilidad de vivir de nuestras historias e incluso del propio miedo al papel en blanco.

Pero una cosa que he notado y que considero de vital importancia es que nadie habla del acto de la escritura en sí. No me refiero a la metafísica de lo que significa escribir, (para lo que también hay libros dedicados), sino al acto físico en sí, el acto de teclear, de cómo hacerlo, dónde, sobre qué instrumentos, con qué resultados… Nadie habla de la principal herramienta para escribir, es decir, cómo un escritor vuelca sus palabras en un lugar de forma que estén ordenadas y que luego sean recuperables, manejables por un editor y, posteriormente, por un lector.

Supongo que la causa por la que no se habla del propio acto de escribir es porque casi todo el mundo lo hace de la misma manera: usa un ordenador cualquiera con el procesador de textos Word (cualquiera). Sin embargo, yo tengo mi teoría respecto a la productividad del escritor en función de la herramienta física y virtual que usemos.

El software para escribir

Desde hace unos años ya podemos encontrar editores de texto más enfocados a la escritura, sin distracciones, algunos incluso con el afán de ayudarnos a ordenar las ideas en una línea cronológica, casi coescribiendo la novela con nosotros, (si es que se trata de este formato), pero yo personalmente no estoy de acuerdo con que un software nos dirija en nuestra aventura. Considero que todo lo que necesita un escritor es un lienzo en blanco, una sábana donde cada autor debe hacer su propia travesía del desierto, colocando los hitos literarios de la trama allá donde considere oportuno. Para esto también existen procesadores de texto especializados. Sin embargo, yo iría más allá aún.

¿Qué hay del hardware?

En cuanto al hardware, la parte física de lo que usamos para escribir, tiene una trayectoria parecida al software: hemos ido usando lo que la tecnología nos ha dado y probablemente ningún escritor de best sellers se haya planteado esta cuestión. Al principio se escribía a mano y algunos autores, como Antonio Gala, han mantenido esta tradición aún en el siglo XXI.

Después vino la máquina de escribir, una dispositivo para procesar el texto también de manera secuencial (como con la escritura a mano), sin posibilidad de reordenar las palabras, aunque dejando un aspecto más compacto, limpio y presentable. Algunos fetiches de las máquinas de escribir todavía hoy estarían dispuestos a pagar unos cuantos cientos de euros por modelos referentes, como la Underwood nº5.

Con la digitalización de la vida en general han llegado los ordenadores y hoy, casi todos los escritores utilizan uno, aunque sea de manera básica. El desconocimiento de muchos les ha llevado a usar el teclado que venía por defecto con el sistema, sin llegar a entender, que un ordenador cualquiera no es un hardware dedicado en exclusiva para la escritura y, por tanto, que pueda mermar, aunque sea en una mínima parte, la productividad del propio escritor. En otros campos no hacemos lo mismo: si tenemos que medir la cantidad de azúcar en sangre de una persona diabética, podemos hacerlo con el smartphone, pero es preferible hacerlo con una máquina específicamente diseñada para ello, es más fiable. Los contables no usan la calculadora del móvil, sino una con botones físicos, específicamente diseñada para ese propósito. Si cada profesional tiene una herramienta concreta para su profesión, ¿por qué el escritor se conforma con una herramienta genérica multiusos?

La pantalla, el peor enemigo del escritor

Una de las peores consecuencias de la digitalización para el escritor fue el cambio del papel a la pantalla y los problemas de salud derivados de esto. El escritor, en esencia, lo que hace es fijar su vista durante muchas horas al día en un punto, el punto donde las letras aparecerán, cuando empiece a golpear las teclas. Muchos escritores de la Historia se han pasado días enteros mirando el papel en blanco, esperando a que les viniera la inspiración, pero mirar un papel en blanco no es perjudicial para la salud en ningún caso. No podemos decir lo mismo con la pantalla retroiluminada (sea de fósforo, TFT o plasma), que produce mucha fatiga en los ojos. Esto, a la larga, es un factor limitante para el escritor maratoniano.

No hace muchos años salió a la luz la tecnología de tinta electrónica, aplicada a los libros electrónicos, lo que evitaba el cansancio de la vista. Una pantalla de tinta electrónica, a efectos de la salud, es prácticamente como un papel impreso, con el mismo contraste, con la misma definición. Es casi perfecto… Esta tecnología se aplicó rápidamente a los lectores de libros electrónicos, pero ni un sólo fabricante se dignó a acordarse de los escritores, los que paradójicamente producen los libros que ellos venden y gracias a los cuales existe la creciente industria de lectores de libros electrónicos.

Como en casi todas las industrias, en algún momento ha habido tentativas experimentales de personas que han convertido un lector de libros electrónicos en un mini ordenador y cosas parecidas en las que la finalidad era dotar a una pantalla electrónica de la funcionalidad de procesador de textos. Sin embargo, todas ellas no han dejado de ser más que eso, tentativas experimentales, poco prácticas debido a su complejidad técnica.

Hemingwrite, por fin una herramienta para escritores

Por fin, después de algunos años (desde 2006, cuando iRex presentó su primer modelo de tinta electrónica, el iLiad), parece que alguien ha pensado en ello y ha fabricado una herramienta completa, específicamente diseñada para el escritor, con un hardware y un software que sirve sólo para este propósito, para escribir. La han llamado, muy oportunamente, Hemingwrite.

Hardware a medida del escritor

El aspecto físico de la Hemingwrite es el de una máquina de escribir eléctrica y portátil de los años noventa. La diferencia es que en su interior no hay martillos, ni sistemas matriciales para “imprimir” lo que se escribe, sino que la parte superior está vestida por una pantalla de tinta electrónica donde vemos los caracteres que escribimos. Tiene también un teclado físico de tamaño completo, de manera que la experiencia de escritura es muy similar a la que una vez pudimos tener con una máquina de escribir eléctrica. Está claro que la Hemingwrite está dirigida a un público muy concreto, al de los escritores nostálgicos y puristas. No es un instrumento de alta tecnología, ni tiene un procesador con infinitos núcleos, ni pretende ser un dispositivo pequeño y discreto. Es una máquina de escribir, destinada a escribir.

Software simple

La Hemingwrite encierra dentro de sí un código bastante simple también. Una vez más, la idea de su diseño no es ofrecer infinitas herramientas, sino que su función es simplemente procesar los textos que escribimos y poder ordenarlos. En realidad, sólo tiene dos palancas y un botón de encendido/apagado para poder manejar el sistema, con lo que nos da una idea de su simpleza. Por un lado tenemos una palanca que nos permite cambiar de carpeta y, por otro, el tamaño de letra de la pantalla. Tiene sincronización en nube con Evernote, Google Drive y Dropbox, lo que nos permite una fiable copia de seguridad de nuestros textos, estemos donde estemos… siempre que tengamos conexión a Internet a través de Wifi.

El precio de la Hemngwrite

No nos hagamos ilusiones. La Hemingwrite no es más que un concepto, de momento. Llegó a conseguir financiación a través de kickstarter, pero aún no está a la venta. Sin embargo, sí que mencionaron su precio final en el caso de producirse en masa.

Estamos acostumbrándonos muy bien a los precios descendentes (yo diría que cayendo en picado) de la tecnología en general. Hoy en día podemos llegar a comprar un teléfono móvil por 9 euros o una tablet, donde también se puede escribir, por menos de 100 euros. Pero cuando se trata de un hardware dedicado, un aparato diseñado para una sola función en concreto, paradójicamente también, el precio puede subir mucho. El caso de la Hemingwrite no es ninguna excepción y su precio podría estar por encima de los 400 euros. Desde un punto de vista tecnológico, es decir, analizando únicamente sus características, lo cierto es que resulta un precio significativamente elevado, pero hasta ahora nadie se había fijado en el sector del escritor, nadie había escuchado las necesidades de alguien que se pasa muchas horas delante del teclado y por eso su precio puede estar justificado.

No es oro todo lo que reluce

Pero no nos engañemos. La Hemingwrite, al menos en su concepto inicial, tiene algunas carencias y aspectos que podrían ser mejorables en una posible versión 2.0.

No se puede borrar lo escrito. Al menos eso asegura Nate Hoffelder, editor del blog The Digital Reader, que pasó unos minutos con el creador de la Hemingwrite. Sí, la hemingwrtite ha sido pensada como una máquina de escribir auténtica, donde no se puede borrar lo que ya se ha escrito. Si bien las máquinas de escribir eléctricas ya tenían corrector, en este caso, la Hemingwrite, aunque no deje de ser un aparato electrónico, se comporta como si fuera una reliquia de la época de Hemingway, como si la máquina estuviera construida por él mismo. Desde el punto de vista del escritor purista, esto puede ser algo bueno. La disciplina de no borrar las palabras que ya se han escrito ha sido una técnica muy antigua y que muchos han defendido durante todo el proceso de digitalización y la aparición de los ordenadores. En realidad puede hacer que el escritor suba su calidad de escritura exponencialmente, al estar obligado a pensar dos veces lo que escribe y cómo lo escribe, pero seamos sinceros, ¿qué escritor se ha puesto a hacer esto? Puede ser un ejercicio instructivo, pero muy duro, algo a lo que no estamos acostumbrados las nuevas generaciones.

Algo aparatoso: Aunque su diseño tradicional está pensado para respetar los cánones de la escritura en todas sus dimensiones y tradiciones, vivimos en un mundo diferente, de poco espacio y de mucha prisa. La mayoría de los escritores viven de otras actividades, por lo que la característica de que un aparato sea portátil es imprescindible. Por muy bello que sea tener una máquina de escribir, el tamaño y peso (¡1,8 Kg!) de la Hemingwrite está completamente injustificado, desde el punto de vista práctico. En la escritura siempre se dijo:

“Si puedes expresarlo con cinco palabras en vez de con diez, hazlo con cinco”.

Esto nos da la idea de que la escritura moderna escora hacia el minimalismo, por encima de la estética recargada. La Hemingwrite quizá debería haber dejado a un lado su nostalgia y haberse centrado en el minimalismo y la brevedad que a todos los escritores se nos exige en nuestras creaciones.

Por otra parte no entiendo cómo una carcasa de plástico, una pantalla de tinta electrónica y un teclado pueden pesar 1,8 kilogramos. La batería dura semanas, por lo que imagino que será algo más voluminosa que la de un smartphone, pero aún así no encuentro de qué manera han conseguido que pese tanto. Lo único que se me ocurre es que le hayan puesto relleno a propósito, en cuyo caso, sí que sería una verdadera obsesión por hacer de la Hemingwrite una máquina de escribir antigua.

Un teclado básico, para una herramienta profesional: El principal dilema que encuentro en la Hemingwrite, con diferencia, es el teclado. Si la Hemingwrite es un aparato dedicado exclusivamente a la escritura, el teclado debería ser su mejor baza. Sin embargo, encontramos un teclado básico, con un tacto en las teclas que recuerdan a los ordenadores de juguete, como en cualquier otro teclado de 10 euros. Esperaba una sensación en el teclado que se aproximase más a lo exquisito y lo clásico, como sucede con los teclados Cherry.

Pantalla demasiado pequeña: Vale que con una pantalla de 6 pulgadas será más que suficiente, porque lo que necesitamos los escritores es simplemente una línea de caracteres para poder escribir con comodidad, pero ya que se pretende un modelo tan grande, podrían aprovechar toda la superficie y poner una pantalla de 10 pulgadas, por ejemplo para ejecutar otras aplicaciones, como diccionarios, por ejemplo.

Diccionarios: Todo escritor tiene en su escritorio una serie de tomos indispensables, libros de referencia que consulta una y otra vez, obras de uso diario para su escritura. Dependiendo del género que practique cada uno, los libros de referencia podrán ser algo distintos, pero lo que casi siempre tienen en común todos los escritores son los diccionarios. Casi todos los escritores tenemos un diccionario de sinónimos y antónimos, uno etimológico, uno de dudas, uno inverso o de rimas, o incluso uno de gramática. La práctica hace que tengamos la mayoría de toda esta información en nuestra cabeza, pero siempre surgen dudas o necesitamos una mano de las palabras de la RAE. Bien, con un dispositivo electrónico como la Hemingwrite sería muy sencillo incluirlo. Sin embargo, la máquina se limita sólo a procesar textos, sin ni siquiera la posibilidad de su implementación por nuestra parte.

Conclusión

La Hemingwrite parece a simple vista una herramienta muy atractiva y da la impresión de que podría hasta cambiar la experiencia de escritura de los literatos más experimentados. Sin embargo, hay aspectos que son importantes para los que lidiamos todos los días con las letras, que no están cuidados en profundidad, es decir, que parece un artículo no diseñado por un verdadero escritor, sino por ingenieros que se han basado en algún estudio de mercado sobre lo que pueden necesitar los escritores. Por otro lado no podemos olvidar que esto es sólo el principio y que hay que celebrarlo. Por fin la industria de las ideas y de las startups empieza a atender las necesidades de la figura del escritor, acercándose a sus necesidades e intentándolas solucionar con un producto, (a pesar de los pequeños detalles por pulir), diferente a todo lo demás. Algo nuevo en el mundo de la literatura digital, marcando un precedente en las herramientas dedicadas al escritor. Podríamos estar asistiendo al comienzo de una nueva era para el creador de textos literarios.