Imágenes recurso: cuando el vídeo distrae más de lo que aporta
21 de junio de 2025
Cuando era joven solía ser un gran consumidor de televisión… en solo audio. Era una especie de rareza doméstica, lo sé, pero funcionaba. A finales de los años 90, vivíamos en el cénit de la televisión por cable. Una edad dorada en la que cada canal temático parecía un pequeño país con su propio idioma, costumbres e ideología. Y en una era preinternet —sí, eso existió—, estos canales se convertían en ventanas al mundo.
Yo, sin saberlo, ya practicaba una especie de podcasting artesanal. Como los contenidos eran tan específicos, pronto me di cuenta de que no necesitaba verlos. Me bastaba con oírlos. Así que grababa los programas en cintas de cassette y me los llevaba puestos en el walkman, mientras paseaba o simplemente me tumbaba en la cama a escucharlos. Había creado, sin saberlo, una especie de “YouTube sin vídeo”.
Un día encontré en la calle un televisor viejo. Me lo llevé a casa, le quité la pantalla —sí, literalmente la destripé— y dejé solo el altavoz. Aquello se convirtió en una especie de radio bastarda: un altavoz que sintonizaba canales de televisión. Me parecía una genialidad, algo así como haber inventado un nuevo aparato sin haber cursado ingeniería.
Treinta años después sigo haciendo lo mismo. Solo que ahora escucho los vídeos de YouTube sin mirar la pantalla. El hábito no ha cambiado; lo que ha cambiado es el medio. Pero, ay, a veces caigo en la trampa. Me despisto y dejo que mis ojos miren la pantalla. Y entonces ocurre.
El choque con las imágenes recurso
Ocurre lo que solo puedo describir como una especie de aberración audiovisual: las imágenes recurso. Esos clips de vídeo —casi siempre grabados a cámara lenta, con una iluminación impecable, actores sonrientes y gestos perfectos— que los creadores de contenido insertan, a veces con calzador, en mitad de una explicación o una reflexión.
Estas imágenes recurso son la versión visual de los violines dramáticos en un documental de animales: te quieren emocionar, pero a veces solo molestan.
¿Para qué sirven las imágenes recurso?
No soy un radical. Puedo entender sus razones:
- Añaden variación visual.
- Enfatizan un mensaje.
- Sirven de excusa estética cuando el presentador no quiere salir en pantalla.
Y todo eso es perfectamente válido. Pero el problema no es el “qué”, sino el “cómo”. Porque lo que no se dice es que:
- Su estética es completamente distinta al vídeo original.
- Muchas veces no reflejan exactamente el contenido del mensaje.
- Cambian el tono emocional sin previo aviso, como si cambiaras de emisora sin querer.
Por ejemplo, estás escuchando a alguien explicar con pasión cómo hacer una tarta de zanahoria, y de repente ves un clip genérico de alguien horneando algo indefinido que, francamente, parece cualquier cosa menos una tarta. O peor aún: estás en medio de una charla motivacional y aparece el plano de una chica mirando a cámara, muy despacio, sin que sepamos quién es ni por qué está ahí. Y tú, como espectador, te preguntas: ¿me he perdido algo? ¿Era importante esa chica? ¿Me está mirando a mí o al vacío existencial?
Y entonces, como en un mal truco de magia, desaparece. Y volvemos al presentador.
El ruido visual disfrazado de estilo
Lo que me molesta no es que se usen recursos visuales. Es que se usen sin criterio. Es que se priorice el envoltorio sobre el contenido. Es que todo se vuelva tan artificial que uno ya no sepa si está viendo un tutorial de cocina o una promo de perfume.
Hay vídeos donde la imagen recurso se convierte en la verdadera protagonista, y el contenido, el mensaje, la razón por la que estamos ahí, se disuelve entre planos de manos cortando frutas, tazas humeantes, mujeres con sombrero y tipos que caminan por un campo al atardecer. Todo muy bonito. Todo muy inútil.
Esto no es solo una cuestión estética. Es una cuestión de respeto. Cuando un creador de contenido abusa de estos recursos, lo que en realidad está diciendo es: “No confío lo suficiente en mi mensaje como para dejar que se sostenga por sí mismo”.
Y eso, querido lector, se nota. Como se nota cuando alguien te sonríe con los labios, pero no con los ojos.
La paradoja del contenido actual
El problema de fondo es más profundo. Hemos entrado en una era donde todo tiene que parecer profesional, pulido, perfecto. Como si lo imperfecto, lo real, lo humano, fuese algo de lo que avergonzarse.
Y esa obsesión por la estética no solo afecta a los vídeos. Afecta a cómo hablamos, cómo escribimos, cómo mostramos nuestras casas y hasta cómo lloramos en las redes sociales. Todo está medido, editado, filtrado. Incluso nuestras emociones parecen tener una versión cinematográfica con música de fondo y colores ajustados.
Vivimos en la dictadura del “buen gusto visual”. Pero a veces, lo verdaderamente valioso está en lo crudo, en lo mal grabado, en la honestidad sin edición. En un plano fijo, con mala luz, pero con una idea que te atraviesa.
Conclusión: ¿Dónde quedó la voz?
La ironía de todo esto es que yo empecé escuchando televisión sin mirar la pantalla. Y ahora, cuando la pantalla se ha vuelto omnipresente, lo que más echo en falta es la voz. La auténtica. No la que se disfraza de imágenes bonitas, ni la que se cubre con frases motivacionales, sino la que se atreve a decir algo sin adornos.
Quizá por eso sigo apagando la pantalla.
Porque en un mundo saturado de imágenes sin alma, escuchar sigue siendo un acto de resistencia.