La industria que Lucena no supo ver
12 de abril de 2014
He pasado mi adolescencia en Lucena (Córdoba), una ciudad conservadora y tradicional, pero también un alma emprendedora indomable. Una combinación difícil de explicar.
Lucena tiene mucha industria, pero la historia que más me gusta de la industria lucentina es la de la madera. En este sentido, Lucena es una ciudad que ha vivido especialmente lo mejor y lo peor de la burbuja inmobiliaria. He sido testigo de cómo las consecuencias que todos hemos sufrido en España en general, se han agudizado especialmente en esta población. ¿Sabes por qué? Porque concretamente en este sector hicieron una cosa bien y una mal.
El auge de la industria maderera en Lucena
Desde finales de los ochenta Lucena no ha hecho más que crecer. Se abrían carpinterías constantemente. Lucena se convirtió en uno de los principales núcleos industriales de la madera, el segundo, después de Valencia. En pocos años las empresas proliferaban como setas.
Algunas fuentes (Diario Dur, 2006) hablaban de cuatrocientas empresas dedicadas al mueble que empleaban a 5.500 personas. Yo llegué a escuchar cifras aún mayores: más de seiscientas carpinterías y más de siete mil empleados, en una ciudad de apenas cuarenta mil habitantes.
La proliferación tenía una explicación sencilla: muchos jóvenes dejaban los estudios al terminar la escuela, entraban a trabajar en una carpintería, aprendían el oficio, pedían un crédito en el banco y montaban su propio taller. El boca a boca hacía el resto.
En pocos años, algunos de estos chavales tenían naves industriales más grandes que la empresa donde habían empezado. Se construyeron polígonos nuevos, se inauguraron instalaciones a lo grande —incluso vino el Príncipe de Asturias a cortar la cinta—. Todo parecía imparable.
La fiebre del mueble provenzal
Cuando empecé a trabajar en la radio, en el año 2000, la publicidad relacionada con los muebles no hacía más que crecer y crecer… y la radio no hacía más que aumentar los precios:
“Muebles de cocina, muebles de baño, muebles para el salón, muebles para todos. ¿Quiere aparentar ante sus amigos? No se preocupe, muebles del mejor roble. ¿Quiere algo asequible? El mejor mueble de pino. ¿Amueblando un piso de estudiantes? El aglomerado contrachapado más cutre en la mayor exposición de España. ¡Ofertas permanentes!”
Madre mía, me acabo de dar cuenta de que empecé mi carrera de locutor con cuñas de muebles.
“¡Lo mejor del mueble provenzal… provenzal!”
¿Qué demonios es el estilo provenzal? Básicamente lo contrario de un diseño zen, limpio o minimalista. Era un mueble clásico, envejecido, con molduras, incómodo de fabricar, de pintar, de transportar y hasta de limpiar. Pero se vendía.
Todo el mundo lo hacía igual. Sin innovación, pero con ventas imparables. Las familias se mudaban del piso al chalet, y de ahí al apartamento en la costa. Fuengirola se llenó de lucentinos. Los coches de alta gama abundaban. Las bodas parecían verbenas. Todos éramos felices. Estábamos bien. No teníamos mucho tiempo, pero estábamos bien.
El pantógrafo y el boom de la maquinaria
De lunes a viernes (y a veces sábados y domingos) las carpinterías no paraban de trabajar. Había una máquina en concreto que me fascinaba: el pantógrafo digital.
Era el antecesor de la impresora 3D. Funcionaba por comandos escritos, sin gráficos. Dejabas un cacho de madera en la plancha, un brazo pasaba por encima y lo convertía en una moldura perfecta. Con esas máquinas se podía fabricar casi cualquier cosa.
Se compraron pantógrafos a precios astronómicos, financiados con líneas de crédito fáciles. Parecía no tener fin. Hasta que la burbuja explotó.
El desplome
De repente la gente dejó de tener pisos que amueblar. Las tiendas dejaron de vender. Las carpinterías se vaciaron. En pocos meses, lo que había tardado diez años en levantarse se derrumbó.
Naves, oficinas, camiones y coches quedaron embargados. En el parque industrial nuevo, apenas inaugurado, muchas naves parecían cementerios. Yo mismo vi pantógrafos abandonados, devorados por el polvo, con el ordenador aún encendido preguntando: “¿Siguiente trabajo?”.
Mientras tanto, en las tiendas de telefonía de todo el mundo había listas de espera para comprar el iPhone 3G y sus competidores.
La oportunidad perdida
Los smartphones y las tabletas llegaron con fuerza. Pero eran delicados, se rayaban fácilmente. Surgió entonces un mercado nuevo: fundas y docks. Al principio eran de plástico, pero pronto se impuso una tendencia estética: hacerlos de madera.
El contraste entre el frío del cristal y la calidez de la madera resultaba irresistible. Había miles de diseños. Algunos incluso ahuecados para amplificar el sonido de manera natural.
¿Quién podía fabricarlos? Carpinteros especializados con pantógrafos.
Madera, tecnología, pantógrafos… todo estaba en Lucena. ¿Nadie lo vio?
Yo lo vi. Lo dije en redes sociales, en medios locales, lo comenté con carpinteros y con gente influyente de la ciudad. Nadie quiso saber nada. Una persona me dijo:
“No te molestes, en Lucena sólo sabemos hacer cabeceros, puertas y mesas.”
Mientras tanto, una industria mundial de accesorios de madera movía millones de euros. Para que te hagas una idea: algunos docks de 100 gramos de madera se vendían al mismo precio que una puerta de 10 kilos.
Posibles productos
Os dejo un largo listado de productos que podrían haberse hecho con los pantógrafos de Lucena:
- Memorias USB con forma de pinzas de ropa (sí, literalmente una pinza con una memoria incrustada).
- Sandalias amortiguadas con una lama de madera arqueada.
- Botones de madera.
- Teclados hechos enteramente en madera.
- Fundas para portátiles.
- Discos duros integrados en figuras de madera.
- Ratones de madera.
- Asientos ergonómicos.
- Fundas de gafas.
- Auriculares.
- Amplificadores pasivos (tipo cono) para smartphones.
- Naipes hechos de madera.
- Moddings para iPod en madera.
- Fundas para iPad en madera.
- Docks para iPods en madera.
- Cajones para los tissues.
- Fundas para iPhone.
- Linternas.
- Monturas de gafas.
- Relojes digitales.
- Saunas naturales.
- Vasos.
- Mosaicos personalizables (por ejemplo, mostrando el rostro de alguien como lo haría una pantalla retro con pocos píxeles).
- Obras de arte con formas geométricas.
- Bicicletas de madera.
- Utensilios de cocina (como exprimidores).
- Posavasos con diseños originales.
- Cajas secretas con apertura estratégica.
- Marcapáginas.
- Tocadiscos.
- Lámparas.
- Bolsos.
- Expositores de botellas de vino.
- Hamacas de diseño con placas solares.
Y mucho más. Por supuesto, no vale cualquier objeto: deberían tener un gran diseño. Pero podría haber sido un negocio extraordinario.
Casas de madera: otra oportunidad
No fue la única ocasión perdida. A partir del año 2000 creció la demanda de casas de madera. Construir una casa de 100 m² en madera en lugar de otros materiales suponía un ahorro de sesenta toneladas de CO₂ (según CESEFOR).
Era sostenible, rentable y atractivo. Pero ninguna empresa en Lucena quiso explorar ese mercado.
Una lección de Hellen Keller
Quizá Hellen Keller tenía razón. Fue la primera mujer ciega, sorda y muda en graduarse en la universidad. Le preguntaron si había algo peor que ser ciega. Respondió:
“Sí, tener ojos y no ver.”
Pensar que uno tiene la infraestructura y los conocimientos para cubrir una demanda en otros sectores y no poder verlo. Esta es la historia de la industria que Lucena no supo ver.
¿Y España?
Lucena es una ciudad con una industria muy sólida y con los años se ha recuperado. Pero la pregunta sigue en mi cabeza:
¿No le está pasando a España lo mismo que le pasó a Lucena?
¿No estaremos ignorando nuestros principales potenciales como país?
¿No habrá algo que estamos pasando por alto?
Yo creo que sí.
Epílogo
Lucena podría haber sido el proveedor de accesorios de madera para móviles y tabletas.
Podría haber entrado en la industria de las casas de madera.
Podría haber reinventado su industria.
Y sin embargo, se quedó mirando.
Quizá lo mismo nos esté pasando como país.
Nota: en la versión archivada del post pueden verse fotografías de ejemplos y productos relacionados. Aquí no se incluyen por motivos de derechos de autor.