Tú no tienes ideas, las ideas te tienen a ti
Santa Monica (CA), 21 de abril de 2005
La farsa de la La falsa originalidad
Creo que estarás de acuerdo conmigo que en pleno siglo XXI es casi imposible tener una idea completamente original. Ya sé que la frase "todo lo que se puede inventar ya se ha inventado" (mal atribuida a Charles H. Duell, el comisario de patentes de EE. UU. en 1899, pues él pensaba todo lo contrario) es muy antigua y se ha dicho muchas veces. Pero en cierto modo somos hijos de todas nuestras creencias, pensamientos y visiones del mundo que hemos tenido o hemos vivido. Es decir, somos el resultado de siglos de cultura acumulada. Somos el compendio de todas las cosas que hemos visto, leído y vivido.
Cuando creemos haber tenido una idea genial y genuina, en realidad lo que hacemos es mezclar piezas heredadas de nuestra experiencia personal. Esa combinación puede ser nueva, pero rara vez nace de la nada absoluta. Casi siempre suele estar inspirada de algo.
Por eso, a lo largo de las generaciones, los mismos conceptos se repiten con distintos nombres, adaptados a la generación que los encarna. Cambia el envoltorio, pero en esencia hablamos de lo mismo. De ahí que, en ese sentido, todo lo que se puede inventar ya se ha inventado.
La idea como huésped
No tenemos ideas. Las ideas nos tienen a nosotros.
Las ideas son una especie de entes que habitan desde el principio de los tiempos en el plano onírico y su única misión es atravesar el umbral para pasar al plano de lo real y de lo posible. Y para ello nos visitan como huéspedes que buscan una mente en la que alojarse. Llegan sin avisar, se instalan, ocupan espacio mental y nos exigen atención. Las ideas se alojan en nosotros esperando que las hagamos realidad. Solo nosotros podemos ayudarlas a pasar del plano onírico al plano de lo real.
Pero las ideas son impacientes. Si no las hacemos realidad, en poco tiempo buscan otra puerta de entrada, otra persona que esté dispuesta a darles forma. Cuántas veces hemos pensado en algo, hemos aguardado demasiado tiempo y poco después hemos descubierto que alguien en otra parte del mundo lo ha convertido en realidad.
No es casualidad. Esa idea estaba viajando y al ver que no eras un buen anfitrión, ha buscado otra puerta, otra mente que la ayudara a materializarse.
El viaje de las ideas
Las ideas circulan constantemente. No aparecen en un único cerebro, sino en varios a la vez. La diferencia entre quien las recuerda y quien pasa desapercibido está en la decisión de llevarlas al plano de la realidad.
Si no lo haces tú, lo hará otro.
Y entonces lo que sentías tan tuyo ya no lo es. Te das cuenta tarde de que las ideas no son una propiedad, sino una oportunidad compartida.
En ese tránsito descubrimos algo incómodo: no poseemos a las ideas, somos su medio de transporte. Nosotros no tenemos a las ideas, sino que ellas nos tienen a nosotros. Nos abordan, nos habitan y si no hacemos lo propio, se marchan.
El coste de hospedar una idea
Tener una idea es gratis.
Mantenerla, no.
Cada idea consume energía, ocupa espacio en la mente y se instala en nuestros sueños. Nos distrae de lo inmediato y se convierte en un inquilino que no paga alquiler.
El coste no se mide en dinero, sino en atención. Y la atención, en un mundo saturado, es el recurso más escaso del planeta.
Por eso, cuando una idea se presenta, solo tenemos dos opciones: ayudarla a convertirse en realidad o dejar que se marche.
Conclusión
Las ideas son entes nómadas que buscan encarnarse en la realidad. Y para ello nos visitan, nos poseen y nos piden una gran dosis de fe.
Si una idea ha llegado a ti, no es porque seas especial, sino porque eras una de las puertas abiertas en ese momento. La pregunta no es si la idea es tuya, sino si vas a tener el valor de hacerla realidad.
Porque al final, no tenemos las ideas. Son ellas las que nos tienen a nosotros.