La logoterapia y el sentido de cada día

Santa Monica (CA), 21 de febrero de 2015

A veces pienso que nuestra vida se parece más a una lucha con la niebla que a una caminata en terreno firme. Avanzamos sin ver demasiado lejos, con pasos inseguros, intentando adivinar qué hay delante. Y sin embargo, justo en medio de esa niebla, Viktor Frankl nos recuerda que no se trata de esperar a que se despeje el horizonte, sino de encontrar sentido en cada paso. Esa es la esencia de la logoterapia: no escapar del sufrimiento, sino darle un lugar. No huir de las preguntas, sino vivir con ellas.

El sentido como brújula

Lo que más me seduce de esta idea es que el sentido no es algo abstracto ni reservado a filósofos. Es una brújula que cada uno lleva en el bolsillo. No importa si todo parece caótico: si sabemos para qué caminamos, el peso se vuelve más ligero. Frankl lo vivió en un campo de concentración, pero en realidad basta con mirar nuestras pequeñas batallas: los días en que cuesta levantarse, las tardes que parecen grises, las pérdidas que nos marcan. Preguntarnos “¿para qué sigo aquí?” es una forma de sostenernos cuando todo lo demás falla.

La actitud que elegimos

Otra enseñanza práctica es la libertad interior. No podemos controlar lo que ocurre fuera —un despido, una enfermedad, una decepción—, pero siempre podemos decidir qué actitud adoptar frente a ello. Puede parecer una frase hecha, pero no lo es: es la última trinchera de nuestra libertad. Y aunque a veces esa elección se reduzca a algo tan mínimo como respirar hondo y aguantar un día más, ya es suficiente. Nadie puede arrebatarnos esa pequeña parcela.

El sentido en lo cotidiano

La tercera idea es quizá la más terrenal: el sentido no siempre se revela en grandes gestas, sino en actos minúsculos. Preparar la comida para alguien, terminar una página de un libro, mirar a los ojos con atención. Cosas tan simples que parecen banales, pero que juntas construyen el esqueleto de un día con propósito. Frankl lo decía: incluso el sufrimiento puede transformarse si sabemos para qué lo soportamos. Y lo mismo ocurre con los gestos sencillos: se convierten en semillas de un presente más pleno.

La logoterapia no es una receta ni una fórmula. Es más bien un recordatorio de que la vida no se entiende desde fuera, sino desde dentro. No necesitamos que todo encaje para seguir adelante; basta con encontrar un para qué. Y aunque ese sentido cambie con los años, aunque se nos escape entre los dedos, lo importante es seguir buscándolo. Porque en esa búsqueda, ya estamos viviendo.