Los retos del audiolibro en España
5 de enero de 2016
Cuando un audiolibro fue mejor que el propio libro
Tengo que reconocerlo, en cuanto a la lectura, he tardado mucho en entregarme a los libros. Me ha costado. En el colegio la letura obligatoria era poco motivadora y no fue hasta la edad adulta (hasta que me regalaron un Kindle), cuando empecé a disfrutar todo lo que no disfruté en la infancia. Sin embargo, con el audiolibro la relación ha sido completamente distinta. Desde pequeño me he perdido en la dimensión sonora de las recreaciones de audio. Primero los audiocuentos, después la ficción sonora en general y por último en producciones más experimentales. Una maravilla. Sin embargo, ahora que me dedico a hacer audiolibros me doy cuenta de que el género en sí tiene muchos aspectos mejorables… Con todo lo que he podido aprender sobre locución y entonación de la voz de mano de la mejor especialista (Emma Rodero), me doy cuenta de que actualmente el audiolibro no está diseñado para emocionar, ni para sorprender, ni siquiera para mantener la atención del oyente durante un tiempo prudente.
Dos aspectos mejorables del audiolibro
La mayoría son solo voz, sin otros recursos
He leído varias veces que la atención de un oyente ante un archivo de audio se pierde en menos de quince segundos. Por eso se exige en la radio y en otros medios de audio que los cambios sean continuos, irregulares y, si el formato lo permite, inesperado. Un audiolibro tradicional, tal como lo conocemos hasta ahora, carece de todo esto. Después de una introducción musical (música generalmente impersonal), un narrador se extiende a lo largo de cuatro horas (quizá dividiendo el contenido en capítulos), narrando toda la información que hay en el libro. Un narrador tiene que ser extraordinariamente bueno con sus habilidades de locución para variar el registro de su voz de manera que no pierda la atención del oyente y no parezca un loco al micrófono. Pero no todos los narradores que se prestan para estos servicios son tan buenos, así que a veces el producto resultante es una pieza de cuatro horas algo aburrida.
La maldición del abridged o la reducción de la obra literaria
Uno de los grandes inconvenientes del audiolibro es la sensación de incompletitud que se le queda al usuario cuando sabe que ha pagado hasta tres veces más que un ejemplar en formato electrónico de texto y que lo que obtiene a cambio es un resumen del libro, no la totalidad del texto que el autor ideó en un principio. Ese tipo de audiolibros suelen mostrarse con la etiqueta abridged (reducido). Pero, qué razones hay para crear un libro abridged? Podemos pensar que es por la propia experiencia de usuario, la idea de que el oyente no se pierda en el río de infinitos argumentos o detalles de una historia que tiene un libro completo. Pero yo diría que la otra razón es que resulta interesante para la editorial, pues quien escucha el audiolibro se verá obligado a comprar el mismo título en otro formato para leerlo al completo. Yo creo que el formato abridged es un formato poco conveniente para el consumidor, y aún menos para el autor, que ve cómo su obra es resumida por un editor, cuyas habilidades de síntesis para esa obra en concreto podrían ser cuestionables en determinados casos.
Las dificultades de la industria de la locución
El difícil modelo de negocio de los narradores
El audiolibro se ve afectado también, de alguna manera, por las peculiaridades de la industria de la locución.
La profesión de locutor y actor de doblaje es una de las profesiones más bonitas que podamos encontrar. Tiene mucho que ver con la comunicación y con la interpretación, es muy creativo y permite dar voz a proyectos que muchas veces van directos al corazón de las personas. La voz es uno de los rasgos más personales e inconfundibles del ser humano.
Sin embargo, los locutores en el mundo y en especial en España, saben de comunicar, pero se anejan muy bien con el modelo de negocio. Por eso su actividad es una labor de autónomo con ingresos activos, no pasivos. Es decir, si hablan delante del micrófono cobran, si no, no. Los narradores no entienden los ingresos pasivos. Asumen que su negocio está basado estrictamente en ingresos activos, no pasivos.
Los más emprendedores han ido un paso más allá y han logrado montar productoras, donde se sirven de las voces de otros locutores para poder aumentar sus ingresos. Pero el modelo de negocio de las productoras sigue siendo obsoleto y tosco, porque los beneficios resultan de la diferencia entre lo que se le factura al cliente y lo que se le paga a los locutores. Y esto, a mi entender, sólo tiene tres salidas:
- O se le factura demasiado al cliente (probablemente poco competente)
- O se le paga poco al locutor (posibles casos de explotación)
- O hay una limitación de los ingresos (seguramente poco rentable).
Además, por otra parte, existe poca cohesión en el gremio de los locutores españoles, donde hasta la fecha no han conseguido formar una asociación o colectivo general donde estén todos incluidos y donde intercambiar información, colaboraciones, etc… Sí, alguno me dirá que hay asociaciones y estamentos que los representa. Y es cierto. Pero en España se dista mucho de hacer lo que han logrado en otros lugares.
Un poco más avanzados están en el continente americano, donde se celebran congresos y convenciones de manera mucho más frecuente y con flujos de trabajo más colaborativos y abiertos en general. Sin embargo, aquí y allá, el modelo de negocio sigue siendo el mismo: cobrar por hablar. Nada más. Hay locutores que pueden vivir exclusivamente de la locución, pero a base de largas jornadas laborales, al borde de la “muerte por éxito”.
Una industria con más voces, más competencia
Antiguamente sólo se querían voces graves en los medios y en los estudios, por el respeto que infundían, por la credibilidad. Por contra tenían el inconveniente de ser demasiado oscuras y melancólicas, por lo que no eran adecuadas para determinados mensajes optimistas o esperanzadores.
Sin embargo, hasta la llegada del siglo XXI se han usado para todo. Sabemos desde hace un tiempo que las voces medias son las preferidas por el público en este momento y prueba de ello es que se están utilizando en prácticamente todas las producciones multimedia del mundo. Las voces graves, salvo para contadas ocasiones, parece que hubieran pasado de moda. Esto abre el mercado a más locutores, más actores de doblaje, lo que hace que el panorama sea más competitivo y que los precios bajen.
Competencia exclusivamente en precio
Siempre que compitas en precio habrá alguien que lo haga más barato que tú, aunque él pierda dinero. Y los locutores siempre han competido en precio y esto hace que la industria muestre síntomas de agotamiento en determinados casos
La guerra de precios
En un mundo donde la única variable que se conoce es el precio, es comprensible la abismal diferencia entre los que ganan mucho y los que ganan poco.
La demostración de que competir en precio no funciona se ejemplifica en lo que les pasa a la mayoría de locutores. Muchos de ellos, que llevan toda la vida dedicándose a la locución, finalmente no consiguen todo el dinero que necesitan y empiezan a dar clases de locución a otros jóvenes locutores. Quien sabe lo hace, quien no, lo enseña. Esos jóvenes locutores han aprendido todo del viejo locutor, incluyendo defectos y manías que uno desarrolla con el tiempo.
Está claro que con este modelo de negocio la industria de los audiolibros encuentra ciertas dificultades para desarrollarse en países donde aún no han madurado lo suficiente.
La barrera de los diferentes acentos en español
Once veces más para ser exactos. Todos debemos entender, especialmente los españoles, que somos parte de algo mucho más grande. A veces, sin querer, pensamos que los españoles somos los únicos que hablamos español e ignoramos que sólo Estados Unidos tiene más hispanohablantes que España.
Es habitual encontrarse con españoles que prefieren consumir audiolibros publicados en español con acento europeo (de España) y es reacio a consumir contenido con otros acentos, como el acento neutro (el acento predominante en el continente americano).
Y aquí nos encontramos con la peculiaridad que se nos olvida fácilmente: de los 550 millones de hispanohablantes, sólo 14 millones hablan con acento de España. El resto de hablantes emplean otros acentos: andaluz, extremeño, valenciano…. Incluso dentro de esos 14 millones podemos encontrar en cada región sus pequeñas variantes de ese acento de España central. En realidad nadie en el mundo habla un castellano como el que escuchamos en el doblaje español. En todo caso podríamos decir que En España somos 50 millones de habitantes habituados a escuchar ese acento central, pero aún así no representa ni el 10% de todos los hispanohablantes que están habituados y prefieren lo que se llama español neutro, que en España asociamos con México.
Por eso, cuando un locutor o una productora española se plantea la producción de un audiolibro está pensando en términos nacionales, dentro de las fronteras, sin ir más allá. El hecho de producirlo en un acento tan local, hace que el audiolibro no sea viable para otros mercados, reduciendo así muchas oportunidades de negocio.
¿Por qué en España todavía no han despegado los audiolibros?
Para comprender el presente, deberíamos revisar la historia.
Historia del audiolibro
El origen del audiolibro tuvo lugar cuando se popularizaron los fonógrafos, a principios del siglo XX. Se grababan mensajes de voz para facilitar la memorización de datos, constituyendo una herramienta mnemotécnica muy eficiente.
Más tarde, entorno a los años 30, en algunos lugares de Estados Unidos comenzaron a grabarse pasajes de la Biblia en discos de pizarra, que las familias escuchaban en casa durante la cena.
Esto dio lugar en los años sesenta a las famosas Biblias en cinta. Los estadounidenses pasan muchas horas dentro del coche, debido a los largos desplazamientos que hacen a diario. De modo que esto era todo un nicho de mercado sin explotar para los futuros productores de audiolibros. Dándose cuenta del extraordinario valor didáctico del contenido de audio hablado, se empezaron a grabar cuentos en formato de audio.
Incluso en 1971 el escritor Michael Hart creó el proyecto Gutemberg, una biblioteca digital donde poder albergar todos los archivos de audio de esta clase.
Ya en los años ochenta empezaron a grabarse otros títulos de importancia, de toda clase de escritores, desde Shakespeare hasta Stephen King.
Pero el sector que más que volcó en esta tecnología fue el género de desarrollo personal. Los principales precursores de lo que se conocía en los años ochenta como “Autoayuda”, grabaron cintas de cassette que se vendían a un precio más elevado que los ejemplares musicales, debido a su alto valor añadido. Con el tiempo, el catálogo de cintas para aprender habilidades nuevas llegó a ser descomunal. Había cursos en cinta para aprender cosas tan dispares como pescar, pronunciar mejor, superar el miedo y otras muchas herramientas que hasta el momento sólo se habían podido conseguir de manos de profesionales de la materia, asistiendo a sus seminarios personalmente.
Audible, el imperio del audiolibro
En 1995, el periodista y escritor Donald Katz entendió que había un importante nicho de mercado que satisfacer. Aprovechando los medios digitales que ya se habían asentado en el mercado, (el CD),pensó que era el momento perfecto para crear un servicio de venta de audiolibros. Y así nació Audible, una empresa que vendió audiolibros a 1.2 billones de miembros en 2014 a un precio de 14,99 dólares el ejemplar. Haz las cuentas. Cuando Audible se hizo lo suficientemente grande, Amazon absorbió la empresa haciéndola formar parte de su ya gigantesco catálogo de servicios editoriales.
Sin duda, hubo un antes y un después de Audible en el mundo del audiolibro.
¿Por qué en Estados Unidos sí y en España no?
En Estados Unidos el boom de los audiolibros se debe a varios factores.
La costumbre de escuchar información en audio durante todo el siglo XX.
Quizá la primera razón sea cultural, es decir, la predisposición al género desarrollo personal y la gran industria editorial que se ha generado alrededor de esta información de valor. También se debe al masivo tiempo diario disponible en los largos desplazamientos de casa al trabajo (commuting).
En España no disponemos de ninguno de estos dos factores. La única variante cercana al audiolibro eran los seriales de ficción sonora que se emitían en la radio, pero que eran ficción y no aportaba ninguna información de valor para desarrollo personal de cada uno, algo entendible en tiempos de una dictadura.
El alto coste de la producción de un audiolibro
Hay una tercera razón. La industria editorial española no ha hecho caso omiso a los audiolibros completamente. Algunas editoriales, viendo la cantidad ingente de dinero que mueve este sector en el continente americano, han hecho sus incursiones, pero sin demasiado éxito.
A lo largo del tiempo, algunas editoriales han hecho inversiones considerables para crear audiolibros de sus obras más vendidas. Para ejecutar estas producciones casi siempre acudían a estudios con grandes voces, voces muy conocidas.
Los actores de doblaje reconocidos, debido a su larga trayectoria, suelen aplicar tarifas acordes a su experiencia. Esto hace que la editorial vea muy difícil amortizar la inversión. Y eso ocasiona que haya muy poca oferta en España.
Todo se reduce a escuchar
Aún necesitamos aprender que con el audio podemos crear verdaderas imágenes mentales, que es maravilloso dejarse llevar por las historias en audio, como hicieron nuestros abuelos. Necesitamos comprender que podemos hacer que esos momentos banales en los barremos, fregamos los platos, lavamos el coche o sacamos el perro a pasear pueden convertirse en grandes momentos donde aprender cosas fascinantes, donde hacer un master sin hacer ninguna otra cosa más que escuchar.
En otras partes del mundo ya lo han entendido. Tal vez algún día nosotros también lo entendamos.