No compres ningún pack

10 de abril de 2025

No sé si te has dado cuenta, pero la sociedad es como una gran agencia de viajes. Una agencia bien vestida, sonriente, encantadora. Una agencia que no para de ofrecerte destinos, paquetes, combinaciones irresistibles. Todo perfectamente diseñado. Todo perfectamente empaquetado.

Y lo peor de todo: todo perfectamente vacío.

A esos paquetes los llaman “futuro”. “Estabilidad”. “Éxito”. “Seguridad”. Pero si los abres, lo que hay dentro es una rutina disfrazada de novedad. Una decepción maquillada. Una promesa rota de antemano.

El pack matrimonio + hipoteca.
El pack trabajo ambicioso + hijos.
El pack reconocimiento profesional + vida social de escaparate.
O incluso el pack espiritualidad exprés + curso de mindfulness de fin de semana.

Todos suenan bien. Todos tienen fotos de catálogo. Todos prometen tener sentido al final. Pero si miras de cerca, todos tienen el mismo truco: venden ilusión, pero entregan obligación. Te prometen libertad y lo que recibes es un puñado de compromisos. Te venden viaje, y lo que compras es un destino fijo, inamovible, irreversible.

El truco de los packs

Y entonces lo entendí.

Nadie te obliga a comprarlos. Pero casi todo el mundo lo hace. Porque cuando no sabes qué hacer con tu dolor, con tu aburrimiento, o con la absurda pregunta de “¿para qué estoy aquí?”, terminas comprando un pack. No porque lo necesites, sino porque no soportas la idea de enfrentarte a ti mismo sin un folleto en las manos.

Es más fácil seguir un itinerario que inventar una ruta.

Los packs funcionan porque alivian la angustia de decidir. Porque cuando eliges uno, ya no tienes que pensar: el guion está escrito, los pasos ya están marcados. Pero a cambio entregas lo más valioso que tienes: tu tiempo y tu atención. Eso, que debería ser intocable, lo entregas a cambio de un viaje que ni siquiera elegiste tú.

La trampa invisible

¿Quién se atreve a devolver un pack una vez empezado?

¿Quién se atreve a admitir que el billete era una mentira?

Nadie te reembolsa el tiempo malgastado. Y si lo devuelves, te quedas contigo. Y eso da miedo. Porque, al final, los paquetes existen para eso: para evitarte el encuentro con lo que más duele. Contigo mismo.

Además, estos packs juegan con otra trampa: la comparación social. Como todos alrededor parecen haber comprado el suyo, crees que quedarte fuera es una locura. Y entonces firmas. A veces con entusiasmo. A veces resignado. Y poco a poco, lo que empezó como una elección se convierte en una cadena.

La alternativa

Por eso quiero que me escuches bien, aunque sea desde este texto escrito en un aeropuerto: no compres ningún pack.

No dejes que nadie decida el itinerario por ti. No firmes sin leer la letra pequeña de tus decisiones. No pagues con tus años por un destino que no has elegido tú.

Crea tu propio viaje. Decide tus horarios. Coge trenes cuando quieras y bájate si no te gustan las vistas. Sube a un avión si de verdad lo deseas, no porque todos lo hagan. Y si prefieres caminar, hazlo. No corras solo porque te parece eficiente: lo rápido suele ser lo más estéril.

En la vida, como en los viajes, lo importante no es siempre llegar. A veces lo esencial es mirar por la ventana mientras llegas.

Y eso, créeme, no te lo ofrece ningún pack.