¿Qué significa trabajar en la radio?
14 de enero de 2011
Mis amigos solían decir que eso de trabajar en la radio debía ser muy interesante, pero la realidad es que, como para otras cosas, no basta con la voluntad.
Hay que haber nacido para esto, hay que tener vocación, hay que ser “animal de radio”.
No significa que para ser locutor, productor o editor sea necesario obsesionarse, pero quien se toma la radio como un trabajo más por lo general da la impresión al resto del equipo de que tienen por compañero a un funcionario.
Con todos mis respetos, la mayoría de trabajos para la Administración Pública tiene ciertos caracteres inconfundibles y, diría que hasta necesarios, para durar en ese régimen laboral toda una vida.
Yo soy una de las pocas personas que no envidia ese tipo de puestos, quizá porque aún no he encontrado nada en los fueros del ayuntamiento de mi pueblo que se pueda vivir intensamente, algo por lo que pueda dar la vida, como muchos la hemos dado por la radio.
Un equipo inolvidable
Hace algunos años estuve trabajando en una emisora con un equipo de personas que no olvidaré nunca.
Estaba perfectamente estructurado y cada uno sabía lo que tenía que hacer. Éramos pocos, pero los resultados delante del micrófono daban la impresión de que fuéramos muchos.
Nuestra compenetración lograba que los recursos técnicos con los que contábamos como emisora comarcal pudieran compararse con los de las emisoras de gran envergadura. Y lo mejor de todo, disfrutábamos el trabajo.
Pero visto de cerca, en el equipo se podían apreciar algunas diferencias.
Especialistas, polivalentes y coordinadores
Por un lado estaban los especialistas, los que sabían hacer algo y lo hacían muy bien. Era el caso de los que sabían hacer un directo con cualquier cosa, con cualquier noticia. Sabían adaptarse a todas las circunstancias, ajustando el tiempo, los cortes, la publicidad e incluso las intervenciones de los colaboradores a las eventualidades que se presentaran.
Luego estaban los polivalentes, personas que hacían de todo y bien, pero a su ritmo. Bastaba con darles una lista de tareas o un ámbito de trabajo y como una hormiguita controlarían todos y cada uno de los movimientos para los que habían sido encomendados.
Estaba también el coordinador: persona diligente, a simple vista prepotente, pero de gran inteligencia y en realidad con una necesidad primordial de comunicarse del modo más efectivo posible, de tener todo estructurado, ordenado y con un plan de reserva en caso de que fallase cualquier cosa.
Solía estar entre el equipo, “pringando” como todos los demás, aunque su mente solía ir un paso por delante de lo que iba a pasar. A veces parecía una persona complicada y sin calidad de vida, pero en realidad lo estaba dando todo por este trabajo.
Los sin vocación
En el equipo también se distinguían las personas que se tomaban la radio como un trabajo cualquiera, no como la pasión que recorría las venas de todos los demás.
Éstos son un tanto especiales, pero todos iguales.
Los que trabajan en la radio sin vocación no son necesariamente malos profesionales. Saben que tienen que estar todos los días ahí, porque hoy es un día laboral y esa es la norma de cualquier trabajo.
Se quitan el abrigo con el mismo afán tanto si es un día corriente como si hay un especial de Navidad. Se limitan a leer el guion, apenas hacen preguntas, ni discuten aspectos de la programación.
Nunca sufren por los ordenadores que se cuelgan, los discos que se atascan, los fastidios por un corte de luz y todas esas cosas que nos afectan a los locutores.
Por lo general, para que su trabajo salga adelante siempre es necesario que otro compañero le haga favores, le asista, le cubra.
Les cuesta hacer cosas fuera de hora. Llegan justos de tiempo al estudio. Empiezan el programa de radio sin haberse fijado si la mesa está en mono o en estéreo, nunca usan la preescucha de un disco. Abren el micro pese a todo y hablan sin fijarse en nada; de hecho, creo que muchos de ellos seguirían hablando aunque la luz de directo no estuviera iluminada.
Nunca les verás redactando un guion porque piensan que las rentas de muchos años atrás, a fuerza de hacer siempre lo mismo, ya les vale también para este año.
El caso es que en algunas ocasiones hay personas que, sin saber lo que es nacer con esto de la vocación, consiguen trabajar más allá de la oficina y entran en los estudios, hacen cosas, editan producciones, saludan a una audiencia… pero su trabajo, aunque pulcro, no brilla con luz propia y necesita a menudo de un barnizado que siempre viene dado por la mano de otro compañero.
Una presencia incómoda
Para algunos directores de radio, este tipo de profesionales hasta les pueden resultar útiles porque tienen la garantía de que su trabajo será cada uno de los días como el primer día.
Pero como ya hemos escuchado en muchas ocasiones, la radio ha sobrevivido a muchas crisis porque se reinventa constantemente con nuevos contenidos, nuevas voces, nuevos estilos.
Y es ahí donde la persona que no siente la pasión desentona con el equipo, se resiste y es la última en actualizarse.
Si por alguna razón sobrevive al cambio, luego viene otra época de pasividad, la habitual que vemos en su trabajo, que muchos podrían pensar que fuera estabilidad, pero cuando de nuevo viene otro cambio entonces vuelve a suceder.
Al final resulta incómodo trabajar con estas personas porque no se puede contar con ellas.
Se convierten en la asignatura pendiente del director, en el motivo de sufrimiento de algunos compañeros, en la voz conformista para el oyente.
Alguien que nunca termina de encajar y todos nos preguntamos por qué.
Lo que sí aportan
De esto podemos sacar una o dos cosas buenas: la primera, que en cada cambio estas personas enseguida se delatan, con lo que no es muy complicado asignarles trabajos que requieran monotonía, por ejemplo la edición de audio en la producción del programa si se trata de un técnico, o contrastar la información si se trata de una redactora.
La otra cosa buena es que, por lo general, este tipo de profesionales no suelen sobrevivir a muchas modificaciones en la empresa.
Por ejemplo, el cambio de director en una radio o el cambio de estilo de la casa porque así lo ha requerido el mercado.
Eso es trabajar sin vocación en una radio.
El jefe más exigente
Lo peor de todo es que estas personas temen al jefe, pero ignoran que el oyente es el más exigente de los jefes y el más puñetero de todos porque, si le defraudamos, no avisa, ni grita, ni se enfada: simplemente gira el dial.