Una señal a largo plazo
16 de agosto de 2011
Una señal inesperada
Era una señal a largo plazo.
Sabíamos que Jobs es algo más que el CEO de Apple, pero apuesto a que pocos analistas hubieran podido adivinar que por su baja médica las acciones de la empresa se hubieran desplomado cerca de un 10 %.
Jobs es una marca en sí, de eso no hay duda. Da la impresión de que esa característica innata en él de transmitir entusiasmo y de involucrarse en cada uno de los proyectos que acomete la empresa sea algo intransferible, un conocimiento sin escuela que nadie más va a poder hacer en su lugar.
Quizá nos hubiéramos alegrado de saber esto hace un tiempo, pero Jobs ante todo es un ser humano y los años también le pasan factura, por mucho éxito que tenga en los negocios.
La fragilidad de su salud
Hemos de señalar que no ha tenido precisamente una salud de hierro en los últimos años y todo lo que le ha pasado en la última década —cáncer de páncreas, desequilibrio hormonal, trasplante de hígado— determinará necesariamente el tiempo que le quede en la empresa antes de jubilarse.
Así que estas retiradas intermitentes de la presidencia, sus bajas médicas y sus 55 años de edad podrían ser tomadas como avisos, como pequeños mensajes respecto a la tendencia de Apple en sus próximos productos y en general al rumbo de la compañía en los próximos diez años.
Apple es una empresa fuerte, pero ya ha sucedido en varias ocasiones que cuando Jobs se ausenta el futuro del buque parece más incierto y esto se refleja en la confianza de los inversores.
Por esto mismo hay mucha reticencia a la hora de vaticinar lo que sucederá cuando Jobs decida retirarse definitivamente de las primeras líneas y cederle el puesto a quien corresponda (en la actualidad Tim Cook).
La incógnita de la sucesión
Muchos apostarían a que Jobs realmente nunca se marchará de manera definitiva, sino que se quedará como consejero, mezclado entre la junta de accionistas, siempre con un pie dentro de la compañía.
Pero cuando los proyectos y el diseño del producto final ya no dependan de él directamente, cuando ya no tengan ese tacto que él le imprime a sus obras tecnológicas, ¿qué sucederá?
Es de esperar que son muchas las personas que van a luchar para que no suceda lo mismo que ya les pasó a principios de los años noventa, tras el despido de Jobs y con John Sculley como sucesor, perdiendo más de mil millones de dólares al año.
Cuando Steve regresó fue como la llegada del Mesías y todo empezó a crecer sin parar hasta lo que es hoy, donde todavía, superando hitos diariamente, no le hemos visto tocar techo.
Habituarnos a su ausencia
Digamos que Jobs, de manera inconsciente (aunque en las finanzas a gran escala pocas cosas se hacen por casualidad), está empezando a habituarnos a su ausencia, demostrando que la empresa puede continuar con la misma línea de productos, con la sencillez y la “asepsia” que caracteriza a la imagen de Apple.
Si bien este podría ser un mensaje válido para los usuarios de a pie, para los neófitos que han conocido la marca a través de un iPod o un iPhone, no ocurre lo mismo para los tecnófilos acérrimos de la manzana que han conocido el Mac desde sus principios.
Todos sabemos que el producto que tocamos lleva implícita en cada una de sus aristas la firma de un hombre visionario.
La gran lección
Apple es un ente económico ejemplar y nos ha enseñado muchas cosas, algunas tan inesperadas como que lo peor que le puede pasar a una empresa es que uno de sus empleados sea imprescindible.
Por tanto, la tarea más complicada para la compañía en estos momentos no es la producción del iPad 2 o el perdido iPhone 4 en blanco que nunca llega.
La tarea de fondo que se debería tratar con mucho cuidado y en silencio es la continuidad de una presidencia con líneas parecidas a la que ha llevado Jobs hasta ahora.
Ese es el gran reto que le mantendrá en el estrellato, al margen de la gloria de su incuestionable creador.