Yanni

16 de septiembre de 2012

Recuerdo que los discos de Yanni eran caros. No porque costaran mucho más que otros, sino porque solían repetir canciones. Al final, cada tema inédito salía por un precio elevado. En España, donde la distribución no siempre fue sencilla, aquello hacía que escuchar su música fuese casi un lujo.

Yanni era distinto. Su música no seguía modas. Era intemporal, difícil de ubicar en un mercado dominado por lo efímero. Tal vez por eso conectaba con oyentes que buscaban algo más profundo, algo que no dependiera de lo que sonaba en la radio ese mes.

Una evolución constante

En sus primeros discos, el protagonismo lo tenían los sintetizadores. Sonidos fríos, electrónicos, que parecían diseñados para una época futurista. Con el tiempo, sin embargo, fue sumando calidez: cuerdas, coros, voces de distintas etnias.

El gran momento llegó con Live at the Acropolis (1994), un directo que lo catapultó al reconocimiento internacional. Después, con Tribute (1997), giró hacia lo oriental, incorporando un imaginario que ampliaba aún más su propuesta.

La sorpresa de las voces

Hasta entonces Yanni había sido un músico instrumental. Por eso resultó extraño que, con la ayuda de Ric Wake, se adentrara en el terreno de la música con letra en el disco Voices. Para muchos fue un shock. No estábamos preparados para escuchar palabras donde antes solo había melodías.

Era como redescubrirlo desde cero. Una experiencia desconcertante, pero también enriquecedora.

Redescubrir en cada disco

Quizá lo más fascinante de Yanni es esa capacidad de obligarnos a reconstruir la idea que tenemos de él. Con cada nuevo disco cambia la forma, reinventa el estilo, y nos hace repensar quién es como artista.

Muy pocos músicos consiguen algo así. Con Yanni, la escucha nunca se da por sentada: siempre hay un redescubrimiento en marcha.